¿Se heredan las emociones?

Suponga que nacemos dotados de un cañón con calibre diferente, mayor o menor en cada persona. Unas lo heredan con calibre grande y otras con calibre pequeño. Ese cañón viene preparado para disparar con su particular potencia de fuego, proporcional a su calibre, pero al nacer todavía no sabemos ni hacia dónde va a apuntar ni cuándo va a disparar. El calibre, el ancho de boca de ese cañón, es equivalente a la reactividad emocional, la fuerza con que se expresan las emociones en cada persona, una cualidad biológica, variable y con un gran componente congénito, es decir, la heredamos en buena medida de nuestros progenitores y va a determinar muchos aspectos y circunstancias de nuestra vida. Incluso en los niños muy pequeños se observa que, ante una misma frustración, cuando, por ejemplo, se les quita un juguete de las manos, su respuesta emocional puede ser muy diferente. Los hay que se enfadan mucho, mostrando un gran berrinche, mientras que otros expresan su sentimiento de manera más suave y pacífica. Quienes tengan más de un hijo posiblemente han tenido ocasión de comprobarlo en su propia familia. A los adultos nos ocurre lo mismo, pues somos muy diferentes en el modo y la fuerza con que se expresan nuestras emociones y sentimientos incluso en idénticas circunstancias.

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