Los mesopotámicos lo llamaron Nergal, como su dios de la muerte, la guerra, el fuego, la peste, el hambre y todos los demás jinetes del apocalipsis, pero Marte debió de tener muchos otros nombres antes que ese. El punto rojo que se mueve de forma periódica por el firmamento ya estaba allí cuando los primeros humanos evolucionaron en África y levantaron la vista al cielo nocturno. Imposible no verlo, como imposible parece ahora que la humanidad se resista a su tirón como segunda residencia. Explorar nuevos mundos está en nuestra naturaleza, y por muchos inconvenientes que tenga el dios Nergal, siempre contará con la ventaja de ser el planeta más cercano y parecido al nuestro.

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