La necesidad humana de despedirse

Hace tres años, por esta época, viajaba en un tren regional por el este de Alemania. Acababa de dar una conferencia en el Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana, en Jena, y regresaba a España con un encargo científico: analizar un bloque de tierra del yacimiento de Panga ya Saidi (Kenia) que llevaba en una caja, sobre mis rodillas. En la superficie del bloque apenas se veían dos dientes que reconocí como humanos. No sabía entonces que, en realidad, en mi regazo ―en el colo, en gallego— llevaba el cuerpo de un niño de apenas tres años de edad, cuya pérdida había hecho sufrir a una familia hace más de 78.000 años.

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