La honestidad en la ciencia

Los que estudiamos ciencia alguna vez, en cualquiera de sus ramas, estamos acostumbrados a admirar a los grandes físicos de la historia. Esta fascinación estaba basada en su trabajo científico, pero daba por descontada su honestidad intelectual. Uno no se imaginaba que podría haber casos donde se hicieran pases mágicos, al mejor estilo Copperfield, para ocultar incongruencias o desajustes que ponían en riesgo su trabajo. Dábamos por sentada la honestidad en la ciencia. Estábamos acostumbrados a pensar que una gran inteligencia debía venir acompañada de una clara integridad, como si una cosa generara la otra.

La realidad parece indicar que esta regla tiene más excepciones que las esperables. Como un ejemplo muy singular de ello, siempre me llamó la atención que Newton, cuando plantea su ley de la gravedad universal, toma una fórmula empírica, heurística, que ya se conocía de muchos años antes, y la copia modificando sus variables. Pero no lo explicita. Es fácil, de ese modo, hallar la constante universal G, que es el gran descubrimiento de Newton. La fórmula que él tomó y copió, es una que describe el movimiento de los planetas, sin explicar su origen. Y la transforma en una ecuación que pretende “deducir” el movimiento por la existencia de atracción entre los cuerpos.

Es decir, ya se conocía la manera en que los planetas describían sus órbitas elípticas. Se medían y se expresaban los valores en tablas. Con simpleza, las diferentes relaciones se trabajaban de tal forma que había una ecuación que vinculaba el tiempo con la posición y velocidad de cada planeta respecto del sol. Una fórmula por completo geométrica, y por supuesto independiente de cualquier noción de campo gravitacional o de atracción a distancia entre masas. De hecho, aún hoy se hacen cálculos con base en esta ecuación derivada en su totalidad de mediciones de tiempo y espacio.

Newton asoció el movimiento de los planetas al de una piedra atada en el extremo de un hilo y hecha girar por una mano más o menos experta. En tal caso, hay una fuerza que une los cuerpos, y se ejerce sobre el hilo. No es muy difícil imaginar la analogía y deducir de ahí que, en la realidad, debe haber una fuerza que atraiga al orbitador hacia el cuerpo orbitado, que reemplace al hilo en el ejemplo de la piedra. Demás está decir que en el caso real no hay ningún hilo que sostenga la Luna atada a la Tierra. Por lo tanto, la analogía termina casi donde empezó.

De ahí procede a incluir las masas, porque algún elemento cualitativo debería haber, y una constante que va a surgir, en valor, de las diferentes tablas que ya se conocían y mencionamos más arriba, G.

Hasta aquí una presentación sencilla y sucinta del problema. En breve publicaremos un artículo donde lo mostraremos en profundidad. Solo resta decir que, la aproximación y el error fundamental, no podían ser ignorados por Newton cuando publicó su ley. Pero aun si así fuere, miles de científicos vinieron después que deberían haber desmitificado dicha ley, y prefirieron ocultar la verdad. A tal punto, que aún se sigue enseñando en los colegios y universidades de todo el mundo. Newton no podía saberlo, pero si explicitaba los recursos que estaba utilizando, hubiera hecho perder mucho menos tiempo a la humanidad.

Esto nos hace pensar en el papel fundamental de la honestidad intelectual en las presentaciones científicas.


Para más notas como esta, intenta Newton y el final de la física.


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