Creer en la ciencia ¿es posible aun?

Como si viajáramos en una órbita gigantesca de miles de años, la humanidad está regresando a sus inicios más oscuros Por ello nos preguntamos si es posible creer en la ciencia todavía. Parece que hemos retrocedido a la era de la magia. Los físicos de hoy hablan lenguajes imposibles de entender. Describen realidades sin sentido común, como lo hacían los magos en la antigüedad. Lo curioso es que tienen la misma base débil. Todo esto debería hacernos pensar que nuestra confianza en el conocimiento humano es, como mínimo, demasiado optimista. La magia es la aplicación de creencias, rituales o acciones que se practican con el fin de someter o manipular seres y fuerzas naturales o sobrenaturales. Es una categoría en la que se han colocado varias creencias y disciplinas que a veces se consideran separadas tanto de la religión como de la ciencia.

Hubo muchas culturas antiguas que fueron dominadas por la magia. En ella depositaron su destino, se dejaron guiar por sus designios y confiaron en sus augurios. El mago era la persona que tenía todos los resortes para definir el rumbo de la comunidad y advertir de los peligros. Supo reconocer los signos de la naturaleza, las señales favorables y las advertencias de riesgo. La mente del mago era insondable, incluso él no entendía su poder. Y sus acciones podrían influir en otras personas y en la naturaleza para atraer beneficios y recompensas o castigos.

Más tarde llegaron las religiones. Asociado al poder político y económico, el Sumo Sacerdote tenía contacto con la divinidad, con el Creador. Él era dueño del castigo y el perdón. El instinto humano necesitaba confiar en algo, y lo mejor era el dios, que por alguna razón siempre nos protegió. Y si nos castigaba, sabía que habíamos desobedecido sus designios y merecíamos nuestro destino.

Ahora nos dicen que ha llegado la edad de la razón, que estaría en su punto culminante en estos días. Confiamos en los científicos, aquellos que nos explican cómo funciona el mundo. Ya no creemos en sacerdotes, magos o brujas. Nos decimos que somos seres racionales que confiamos en la ciencia para explicar los fenómenos en términos lógicos. Todo tiene un por qué, un origen, una causa.

Incluso los políticos, que en otros tiempos suscitaron adherencias irracionales con su retórica, hoy deben soportar la luz de los hechos. Toda conversación pública tiene que responder a la realidad y no a la fantasía. La razón prevalece.

En definitiva, confiamos en que sabemos, como humanidad, cual es el modo en que funcionan las cosas. En cada uno de nosotros hay una confianza casi ciega de que la realidad se conoce con cierta precisión. Y que esa información existe y está en alguna parte. Si bien no sé cómo se comporta la realidad en todos sus aspectos, confío en que en cierto lugar hay alguien que lo sabe. En una universidad o en alguna oficina gubernamental. Y gracias a eso, estoy más relajado.

Cuando pienso en una persona que nació en 1850 o en 1600, descubro una cierta ternura al pensar que no tenía acceso a todo lo que sabemos hoy. Siento que esa gente vivía desamparada, desprotegida, en comparación con nosotros hoy. Estaba a merced de los elementos, de las enfermedades y muchas cosas que no sabía qué eran. Se podría decir que lo imagino como un salvaje desprotegido. Creemos que debe haber sido muy difícil vivir así, en la era de la inocencia y la ignorancia. Estas personas estaban “en manos de Dios”. No eran como nosotros, que estamos protegidos por nuestro conocimiento. Al menos en el plano colectivo.

Para cada rama del saber, o aspecto de la vida, hay alguien que entiende“cómo son las cosas”. La supremacía de la razón es perfecta. Un célebre científico (Hawking) predijo, hace un par de décadas, que más o menos en estos días llegaríamos al conocimiento de todo. Se acabaría la necesidad de descubrir. Mientras eso ocurre, no nos preocupamos demasiado por como son las cosas, porque nos tranquiliza la idea de que hay alguien que ya sabe, ha estudiado, ha investigado. Ha limitado la peligrosidad de las consecuencias. La autoridad del conocimiento es incuestionable. La mente colectiva de miles de millones de personas acudirá en nuestra ayuda si es necesario.

La omnipotencia de Internet es, en este sentido, un factor clave. Todo lo que necesitamos está ahí. Y si no lo encontramos, o es información de poco valor, es porque no supimos buscarlo. ¿O no es así? ¿Acaso exageramos el poder del conocimiento? ¿Podría ser que no estemos tan protegidos por la ciencia? 

Veamos algunos casos de la realidad cotidiana. Y saquemos nuestras conclusiones. Consigamos un texto de la escuela secundaria o la universidad. Por ejemplo, el libro de Douglas Giancoli cuyo título es Física para la ciencia y la ingeniería – Volumen 2 Prentice Hall Publishing – Pearson. Voy a la página 568 donde habla de cargas y campo eléctrico. Y encuentro que dice (textual):

(…) Muchas fuerzas comunes pueden categorizarse como “fuerzas de contacto”; por ejemplo, sus manos empujando o tirando de un carrito, o una raqueta golpeando una pelota de tenis. Por el contrario, tanto las fuerzas gravitacionales como las eléctricas actúan a distancia. Existe una fuerza entre dos objetos incluso cuando los objetos no se tocan. La idea de que una fuerza actúa a distancia era difícil para los primeros científicos. El propio Newton se sintió incómodo con esta idea cuando publicó su ley de gravitación universal. 

Un concepto que ayuda a comprender esta situación es el concepto de campo. Fue desarrollado por el científico británico Michael Faraday (1791–1867). En el caso eléctrico, según Faraday, un campo eléctrico se extiende hacia afuera desde cualquier carga e impregna todo el espacio. Si una segunda carga está cerca de la primera, siente una fuerza ejercida por el campo eléctrico en ese punto. Se considera que el campo eléctrico en ese punto interactúa directamente con la segunda carga para producir una fuerza sobre ella. (…)

Bueno, me asombró saber que un campo es una idea, un concepto, o sea una invención de la mente. Y me preocupa que Newton se pusiera nervioso con la acción a distancia. En otro libro del mismo autor, hay una nota a pie de página que dice:

(…) Si el campo eléctrico es “real” y realmente existe, es una cuestión filosófica, incluso metafísica. En física es una idea muy útil, de hecho un gran invento de la mente humana (…)

Aquí ya mi confusión es total. Estos libros de Giancoli se utilizan en escuelas secundarias y universidades de todo el mundo. Se puede suponer que no está ocultando información ni diciendo una parte de la verdad. Es evidente que estos libros dan muchas pistas para entender cómo funciona… ¡la mente humana! 

Lo que está claro hasta ahora es que el campo es un concepto. Ya sea eléctrico, magnético o gravitacional, es solo una idea que la mente humana desarrolló para comprender los hechos. De lo contrario, estos sucesos se deberían explicar por la magia. Un concepto no se puede tocar, no tiene peso, no es posible fotografiarlo. Asumimos que existe. Todo parece confirmarlo. Pero no tenemos la menor idea de qué lo crea, cómo, cuándo, por qué, cuánto dura, etc. y miles de etcéteras más. Un avance, sin duda, aunque pequeño desde el punto de vista de entender cómo funcionan las cosas. 

Lo que está sucediendo aquí es que no tenemos idea de qué hace que una partícula afecte a otra alejada. Creemos que hay acción a distancia porque no vemos nada que exista entre ellos. Tampoco observamos muchas otras cosas, como los espíritus o el alma, y ​​sin embargo, no las acogemos en la ciencia. Dado que entre estas partículas no hay nada, asumimos que hay un campo. ¿Qué es eso? Un objeto invisible que afecta a otros similares. Confórmese con eso.

¿Y qué es una carga? Es la propiedad que adquiere una partícula que consiste en crear un campo a su alrededor. Otro concepto. Esta misteriosa entidad influye en otras partículas que se han cargado con anterioridad. Creemos en estos campos. No sabemos cómo están compuestos, pero suponemos que existen y los usamos en todas partes y para muchas cosas. Los estudiamos en ingeniería. Radio, televisión, wifi, microondas y una lista casi interminable de usos que le damos a estos enigmáticos fenómenos. 

Y no nos metamos con otras entidades tan o más misteriosas que estas, por ejemplo, la luz. No hace falta que yo describa todas las explicaciones extrañas que ha merecido algo tan ubicuo y fácil de encontrar como la luz. Bueno, el lector ya se mareó. Supongamos que hubiera estudios científicos más complejos, y que estos no estarían en un libro de física para la universidad sino en los laboratorios de investigación más avanzados. Y que solo algunos de los mejores científicos tendrían acceso a ellos. Quizás la verdad no esté en un libro de secundaria. Veamos un ejemplo de ciencia de alto nivel.

(…) La sala de reuniones del partido conservador está llena de militantes charlando cuando, de repente, la señora Thatcher entra por la puerta. Mientras cruza la habitación, los partidarios más cercanos forman pasillos a su alrededor y, como resultado, obstaculizan el movimiento de su líder. Los militantes representan el campo de Higgs, una forma de energía que impregna todo el espacio y da masa a las partículas (como Thatcher). Un protón, por ejemplo, no tendría masa si no fuera por el campo de Higgs. Sin ese campo misterioso, todos seríamos luz como el fotón y nos moveríamos, como él, a la velocidad de la luz. (…) 

La parábola anterior, del físico británico David Miller, es un pequeño clásico de divulgación científica. William Waldegrave, Ministro de Ciencia de Gran Bretaña, notó en 1993 que su departamento estaba gastando mucho dinero buscando algo llamado “el bosón de Higgs”, y lanzó este desafío: “No sé si financiaré la búsqueda del bosón de Higgs, pero pagaré una botella de champán a cualquiera que me explique de qué se trata”. Miller ganó la apuesta con el cuento de la Sra. Thatcher. Fin de la historia. 

No conozco al señor David Miller ni a William Waldegrave, pero puedo adivinar que el dinero de los contribuyentes ingleses se está utilizando para perseguir algo extraño. Estamos buscando una partícula que haga que otras similares, incluidas las que nos forman a todos, tengan masa. Cuando la encontremos, con suerte nos daremos cuenta de lo que tenemos. Podría ser grave si la partícula decide dejar de darnos masa. Saldríamos volando como un fotón. Si el lector aún no ha perdido la fe en la ciencia actual, merece felicitaciones. 

Entonces, si esto es así, y no tengo por qué pensar que no lo es, rezo para que los médicos sepan más sobre su disciplina que los físicos. Si no es así, deberíamos intentar no enfermarnos nunca. Cuando enciendo la televisión, en medio de la pandemia de Covid-19, y escucho a un hombre de un hospital explicar cómo actúa el virus, siento un escalofrío en la espalda. 

Siguiendo la forma en que los científicos nos hablan sobre su trabajo, no puedo dejar de sorprenderme. Hace poco leí un artículo que elogiaba la mecánica de Bohm con la siguiente oración: “La mecánica de Bohm es atractiva porque no necesita ideas como el colapso de la función de onda, los multiversos o incluso el pasado y el futuro”. Tim Andersen, Ph.D. Investigador científico principal en Georgia Tech. 

Mi primer pensamiento al leer esa frase fue pensar que era una exageración. El colapso de la función de onda es un fenómeno cuántico discutible, y los multiversos aún más. Así que no sé qué tienen que ver el pasado y el futuro mezclaos en la misma frase con estas cosas extrañas. Hasta que en una segunda lectura me di cuenta de que en efecto el pasado y el futuro son más inexplicables que toda la física actual. Es mucho más difícil explicar la realidad que una obra de ficción. Y sería más importante arrojar algo de luz sobre el tiempo y el espacio, el pasado y el futuro, que todas las teorías de multiverso y colapso que tenemos. Llegados a este punto podemos decir que la ciencia actual no tiene idea de las cosas sobre las que no conoce nada. 

Entonces, nuestra confianza ciega en la racionalidad y la infalibilidad científica debería estar en crisis. Y recemos para que en medicina estemos mejor. No se justifica nuestra creencia de que sabemos casi todo. Tenemos un gran desarrollo en tecnología, pero eso no es ciencia. La industria aplica mecanismos que conoce, al mismo tiempo que no sabe las razones últimas de por qué se producen. La ciencia básica, la física, debe darle la explicación. Está claro que ella ha sido mejor ayudante de la tecnología que investigadora de realidades. Ni siquiera sabe cuáles son las cosas que desconoce. 

No creemos que la dirección que ha tomado la física convencional durante décadas sea la correcta. Por el camino que vamos, no llegaremos muy lejos. Parece que los científicos han cambiado el hábito saludable de hacer preguntas por la confusa manía de construir mundos. Historias de partículas en multiversos inexistentes. Viaja por el Universo en agujeros hechos en el espacio-tiempo. Gemelos que se separan y vuelven a juntarse a diferentes edades. Fotones que se comunican entre sí a largas distancias a una velocidad infinita. 

Todo parece o muestra que hay que limpiar la casa, sacar la basura y empezar a observar las paredes que tienen defectos o desperfectos. Regrese a los orígenes, que no están en el año 1687 de Isaac Newton, sino incluso más atrás. Busque todo lo que esté mal o no sea claro y aclare. Empiece a construir de nuevo un edificio de física que valga la pena, para que las generaciones venideras puedan observar su progreso. Pero no es solo la física lo que debe limpiarse. Las matemáticas y la geometría también tienen que dejar de lado las suposiciones y volver a sus orígenes. 

Y ese viaje no requiere de costosos laboratorios ni aceleradores de partículas. Los científicos prefieren cubrir la prensa con notas sobre el bosón de Higgs y el gravitón Nexus. Vienen a unificar la relatividad con la mecánica cuántica. Ah, y las partículas siguen aumentando en número y sabores más variados, mientras que las cuerdas nos atan cada día más. 

La naturaleza nunca ha mostrado signos de irracionalidad. Todo parece estar pensado de una manera mucho más perfecta que nuestra capacidad de razonar. Por eso ocultamos la limitación y abusamos de la imaginación, la arbitrariedad y la creatividad. Saltamos aquellas cosas que no sabemos y nos involucramos en la creación de misterios donde no surgen. Es como si un mago nos estuviera presentando trucos de magia aquí y allá, hasta que nos damos cuenta de que no tiene sentido. Nada es lógico, nada es lo que parece, nada es coherente. 

Miles Mathis escribió una vez: (…)Esto es lo más importante que los teóricos de cuerdas han aprendido de la mecánica cuántica. Ya no tienes que tener sentido. Cualquier contradicción puede volver a etiquetarse como paradoja. Cualquier infinito se puede volver a etiquetar como axioma. El absurdo se le puede atribuir a la naturaleza misma, que es una criatura absurda, enamorada de lo ilógico y caprichoso. (…)

Dios no juega a los dados, fue la frase de Einstein para desacreditar a la Mecánica Cuántica. Hoy deberíamos decir “Dios no es un loco”. La aleatoriedad es muy pequeña comparada con lo absurdo. Esta publicación solo pretende preguntar. Al hacerlo, construimos conocimiento. No necesitamos más.

PD: Muchos atribuyen el avance de la calidad de vida del mundo moderno, y su tecnología, a los progresos en la ciencia. No nos equivoquemos. Si tenemos celulares, tomógrafos, ecógrafos, internet, sondas en Marte, y cosas similares, se lo debemos a la técnica, no a la ciencia. La tecnología ha hecho posible estos avances, y ha progresado a pasos gigantescos en los últimos cincuenta años. Pero la ciencia, el conocimiento profundo de las cosas, sigue tan estancado como en 1642, cuando nació Newton.


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