Almejas asesinas

Ahora, que los magnates se disponen a potenciar el turismo espacial, no está de más recordar a un aventurero de los de verdad, de los que se movían por el mapa sin patrocinio. Hablamos de Henry de Monfreid (1879-1974), el hombre que inspiró a personajes de ficción como Corto Maltés o el mismísimo Tintín.

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La memoria del futuro

Desde que el mundo es mundo, el ser humano ha intentado dominar el espacio por tierra, mar y aire, convirtiendo su conquista en una mercancía donde el valor de uso importa poco o nada. El criterio cualitativo se ha visto reducido —pongamos que aniquilado— por el valor de cambio, y de eso sabe mucho el magnate Richard Branson, quien ha decidido ponerse en órbita y salir a darse un garbeo hasta rozar el límite que separa la atmósfera del espacio exterior.
Todo un reto para el tipo que fichó a los Sex Pistols y se compró una isla de 74 acres en el Caribe donde practica kitesurfing. Pero sobre esto no cabe llamarse a engaño, Branson no se subió a su nave llevado por el inconformismo aventurero de Henry de Monfreid. Para nada. El verdadero objetivo de Branson ha sido el de comercializar un turismo que hasta ahora nos parecía algo imposible, una fantasía de colorines propia de los tebeos y de las novelas de ciencia-ficción. De aquí a poco, el destino de la gente con posibles va a dejar de ser cualquier punto de la tierra donde sirvan daiquiris de limón criollo.
Por 250.000 dolares podrán experimentar la curvatura del tejido cósmico durante hora y media escasa, para luego poder presumir de la experiencia, selfies incluidos. Podemos imaginar lo que va a ser eso. Llevados por el criterio cuantitativo, los turistas del espacio se jactarán de haber sentido una emoción tan exclusiva como la que se siente al despegar en un cohete. La excitación del ascenso, la descarga de adrenalina que hace vibrar el cuerpo y todas esas cosas que sacuden la nave, serán comentadas con orgullo millonario. Con el tiempo, dichos viajes pasarán de las puertas del espacio, llegando aún más lejos, convirtiéndose en una experiencia cercana a la que en su día fue atravesar el Atlántico para llegar a tierras exóticas donde los cócteles se preparan con la medida exacta de marrasquino.
Porque en el principio fue el tiempo; inmediatamente después vino el espacio, y luego vino el dinero. No hay más.

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